En la mirada de María Consuelo Córdoba se refleja el cansancio de una historia que comenzó hace más de dos décadas y que, según su testimonio, todavía no termina.
En el año 2000, cuando tenía 32 años, llegó a Bogotá desde el Chocó en busca de trabajo y de una nueva oportunidad. Aunque su esposo quería que regresaran, ella decidió quedarse en la capital porque, como recuerda, en su tierra había “mucha hambre” y necesitaba buscar una forma de salir adelante.

Días después, su vida cambió para siempre
Eran aproximadamente las 9:00 de la noche cuando María Consuelo vio llegar a su esposo con una caneca. Pensó que llevaba aguardiente y nunca imaginó que dentro había una sustancia que terminaría provocándole graves lesiones.
“Yo no sabía que era ácido, yo pensé que era aguardiente. Me la tiró en la cara”, recuerda al relatar aquel momento.
El líquido le cayó directamente sobre el rostro. El ardor comenzó de inmediato y, en medio de la desesperación, corrió hacia una pila de agua mientras su esposo escapaba.
Posteriormente fue trasladada a un centro médico y luego al Hospital Simón Bolívar, donde comenzó un largo proceso de atención, tratamientos y cirugías para intentar reconstruir las zonas afectadas.
Desde aquel ataque, cerca de 87 intervenciones quirúrgicas han hecho parte de su vida. Cada procedimiento ha buscado reparar, en la medida de lo posible, las consecuencias que dejó la agresión.

Pero las secuelas no son solamente físicas
Actualmente, María Consuelo necesita tubos para poder respirar y utiliza una máscara para proteger su piel de los rayos del sol. Además, asegura que depende de la solidaridad y de la ayuda económica de otras personas para poder cubrir sus necesidades.
Han pasado 26 años desde aquella noche, pero para ella el dolor y las consecuencias siguen presentes.
Después de tantos tratamientos, cirugías y años enfrentando las secuelas del ataque, María Consuelo asegura sentirse agotada. Su cansancio la llevó a realizar una petición que ha generado atención: quiere acceder a la eutanasia.
Su historia no habla únicamente de una agresión ocurrida en el año 2000. También expone las consecuencias que una víctima puede enfrentar durante décadas después de un ataque con ácido: múltiples cirugías, dolor físico, dependencia económica y profundas secuelas emocionales.
Hoy, María Consuelo cuenta su historia desde el agotamiento de una mujer que lleva más de dos décadas intentando reconstruir su vida



