No hay vida. Esa frase resume el presente de Alianza Valledupar Fútbol Club. Una vez más, en el estadio Armando Mestre Pavón, se vio a un equipo caído, sin identidad táctica, sin propuesta y sin alma. Un equipo que repite partido tras partido la misma radiografía: fútbol sin ideas, sin reacción y sin espíritu competitivo.
Esta vez, cayó por 3-1 ante un rival que, antes de iniciar el compromiso, ocupaba la casilla 18 de la tabla y que apenas ha disputado tres partidos en la presente Liga. Aun así, fue superior. Mientras tanto, Alianza se encuentra en una posición engañosa: no es el último del campeonato, pero su estilo de juego no refleja contundencia alguna. Más bien, parece sostenerse por inercia. Milagrosamente, los resultados no son peores.
Ni siquiera con ventaja numérica en el terreno de juego, el equipo logró proponer algo diferente. La incapacidad para capitalizar esa superioridad fue el reflejo más claro de un equipo sin respuestas ni convicción. Y como en una escena repetida, la hinchada vallenata volvió a salir desilusionada, con la frustración de quien no ve señales de mejoría.
Muchos coinciden en que ya es hora de un cambio profundo. Algunos apuntan a la plantilla; otros señalan directamente al técnico Hubert Bodhert, quien, tras más de un año al frente del club, no ha logrado definir un estilo de juego serio. Uno que permita competir con jerarquía y, sobre todo, con respeto en la liga.
Hoy por hoy, Alianza no solo pierde partidos: pierde el control, pierde la fe, y lo más grave, pierde el respeto.